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Piedad Solans
Si Rafa Forteza continuara la acumulación y proliferación de imágenes, el original desaparecería. Al contrario que el arqueólogo o el historiador, Forteza no recupera el objeto de origen ni detiene un final ficticio: tacha, cubre, disuelve, trama, muta y devuelve la acción a lo que es su destino: el caos, la entropía, la nada. Al vacío de una corriente que arrastra células, rostros, signos, ojos y máscaras en continua destrucción y creación. Su obra se urde en la inestabilidad de un sistema que en su desorden se estabiliza. En la confusión de unos lenguajes cuyos referentes no se refieren a un relato, una historia, una narración: son energía. Gesto. Masas de materia en ebullición, irradiaciones, resonancias, cadenas de formas en transformación infinita. Mirar las 126 obras de Forteza desplegadas en el espacio, en el suelo, en la pared es como asomarse a un agujero abismal y fagocitador que consume inmensas cantidades de energía al tiempo que genera cristalizaciones, pliegues, sedimentos. A un muro que es un mapa y una red, un depósito y una caja de huellas y de heridas. A un laberinto del que nunca se sale porque todas las conexiones conducen a una multiplicidad de puntos en expansión. Un bucle interminable. Fotografías: Joan-Ramon Bonet
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Fundació Pilar i Joan Miró a Mallorca, Palma, 2004
 

 

 
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